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El Big data o la fantasía del conocimiento

El Big data o la fantasía del conocimiento

Rubén Sáez Carrasco

Estamos, dicen, en la era del Big Data, que en algunas formulaciones distópicas aparece casi como aquella malvada consciencia colectiva anticipada por el olvidado Vernon Vinge en A fire Upon Deep. ¿Ha llegado el tiempo de la creación y expansión de la mente-colmena? ¿O vivimos acaso un fenómeno democratizador que nos permitirá conocer(nos) mejor y nos hará más libres?

Los datos, los fríos y malditos datos

La ampliación del acceso a información ordenada (que es, en puridad, lo que implica el llamado “Big Data”) no puede ocultar del todo un hecho bien preciso: los datos, por sí mismos, independientemente de su mínima o astronómica cantidad, no significan nada,  lo que en términos marqueteros expresaríamos con una fórmula que empieza a estar demasiado manía: no añaden valor a una organización. ¿Y cómo convertimos esos datos, muchos o pocos, en algo aprovechable, valioso o disruptivo? Quiero decir, ¿cómo los convertimos en información? ¿Qué hacemos con los malditos datos?

Por supuesto, la respuesta es más fácil que su ejecución: hacer de una bolsa de datos algo verdaderamente aprovechable sólo puede venir de su tratamiento, de la creación de procesos o modelos semánticos y estadísticos que incluyan algoritmos de medición y que permitan, en último término, exprimirlos para extraer de ellos algún significado. Es aquí donde reside, precisamente, la clave de bóveda del concepto de Big Data, y también (me temo) su enorme y pantagruélica capacidad como generador de fantasías.

En el último lustro, hemos podido ir comprobado que el Big Data es a la vez un camelo y una oportunidad, una realidad que tenemos que abordar, pero también uno de esos conceptos que se lanzan al medio digital para que comerciemos con él sin pararnos realmente a analizarlo. Por ejemplo, es cierto que el Big Data permite a las empresas disponer de una información adicional sobre el comportamiento de sus clientes o usuarios, información que pueden emplear y emplean en optimizar sus procesos, ya sean logísticos, comunicativos o de ventas, incluida la inevitable externalización de los llamados “valores de marca” (branding). De hecho, sí parece que la interpretación de los datos (la extracción de su significado en base a objetivos concretos, en este caso comerciales) enseña a las compañías a adaptar su oferta de productos o servicios a su demanda real, e incluso crear dicha demanda. Ya sabemos que en un mundo donde impera la asimetría informativa oferta y demanda se retroalimentan.

Pero es precisamente a partir de este último concepto, la asimetría de la información, desde donde deberíamos mirar también al Big Data y sus muy reales implicaciones morales. Es imperativo hacer aquí proyecciones a futuro, pues ya en 2013 se hablaba de que el 67% de las organizaciones estarían dispuestas a invertir de forma inmediata la friolera de 1.100 millones de dólares en mejorar su posicionamiento en el campo de la ciberseguridad, mientras que apenas un año después sólo un escaso 20% de los contenidos del universo digital contaba con protecciones contra el robo de identidad o con las más mínimas medidas de privacidad. Y hay más datos apabullantes, como un crecimiento estimado ¡¡del 657%!! para el Big Data en los próximos 5 años en Latinoamérica.  Teniendo en cuenta las penúltimas estimaciones de crecimiento (se hablaba en 2015 de un tamaño de 40 zettabites para 2020) es más que probable que este porcentaje haya decrecido, aunque quizá esto sea únicamente un ejercicio de voluntarismo. En fin, da miedo, pero el Big Data ya está aquí.
¿Y el control?

A pesar de las novedades legislativas, el volumen de datos que implica la revolución 2.0., literalmente inabarcable y en imparable crecimiento exponencial, seguramente convierte en tibia cualquier iniciativa de control. Y ante este panorama, aparece una pregunta esencial: ¿quién tendrá acceso a la parametrización de los datos? Porque lo cierto es que las tecnologías de Big Data acarrean unos costes ciertamente notables, y el hecho de que los datos sean más o menos accesibles no implica que cualquiera pueda hacer uso de ellos. Es la cuenta de la vieja: sólo quien pueda permitírselo desarrollará o accederá a un software lo suficientemente sofisticado como para extraer conclusiones de aplicación práctica. Y hay más pistas en este trayecto de deducción: el hecho de que los gobiernos y las agencias (públicas o privadas) de seguridad hayan cambiado sus enfoque estratégico hacia el Big Data explicita la reflexión que planteamos aquí y nos devuelve al problema de la asimetría de la información y las preguntas que plantea: ¿Quién crea la información? ¿Quién la distribuye? ¿Qué implicaciones tiene esto en las estructuras de poder político y económico? Nos lo advirtió Joseph Stiglitz, “La asimetría de la información corresponde a una asimetría de poder económico sobre el mercado”. Por poner otro ejemplo de lo que estamos hablando, la Agencia de Seguridad Nacional de EE. UU. anunció a principios del 2012 la construcción de un centro cuya capacidad de análisis se mediría en yottabytes.

A riesgo de parecer alarmista, es interesante, a este respecto, echar un vistazo a la información disponible sobre la ubicación real de los datos que hay en Internet, habida cuenta que el Big Data es ya la materia prima de cualquier “producto” estratégico que se precie:

  • El 85% de los datos son propiedad de empresas multinacionales.
  • El 72% de los sites más visitados son estadounidenses, el 16% son chinos y el 6% rusos (la suma de los cuales nos llevan a un casi monopolístico 94%).
  • Para el 2020, las estimaciones más conservadoras avanzan que 1/3 de los datos se almacenarán directamente en la nube, la cual está controlada, principalmente, por empresas estadounidenses.

 

El Big Data y la fantasía del Internet social

La red 2.0. establece, a mi juicio, una peligrosa fantasía: la de que todos somos creadores de contenido. Porque en realidad, aceptémoslo, casi todos nos limitamos a arrojar datos a la red, datos crudos y no interpretados que otros reorganizarán por nosotros (o a nuestra costa) para obtener información y, por extensión, conocimiento. Juega aquí también lo que Evgeny Morozov llama la “psicopatología del hipercapitalismo” y que posiciona la adicción al clic en el centro de los modelos estratégicos y de negocio en Internet, impulsando el diseño de casi toda iniciativa internética.

 

Pero tampoco se trata de arrancarse el cabello llevados por el pánico de las distopías de control. Hay también un sesgo positivo en el Big Data, eso que algunos llaman “las grandes ventajas del Big Data”, sobre todo -y de nuevo- desde la perspectiva de las organizaciones comerciales:

 

  1. La creación de valor: conseguir información interpretable en unos ratios de frecuencia mucho mayores.
  2. El aparente descenso de la incertidumbre de las respuestas organizativas y comerciales de las empresas.
  3. La mayor segmentación posible en nuestro plan de CRM.
  4. La mejora de los procesos de toma de decisiones al manejar información más exacta.

 

Estamos, por supuesto, ante un tema complejo que ha abierto y seguirá abriendo muchos debates posibles. Y como ocurre casi siempre, seguramente no estamos ante un paradigma de blancos y negros sino de grises, de fríos y grises datos con los que aún no sabemos qué diablos hacer. Y he aquí, quizá, el meollo de tan espinosa cuestión, qué hacer con ellos y por qué, cómo romper el paradigma del “dataísmo” sobre el que reflexiona Byung Chul Han advirtiéndonos contra la falsa autoridad de los datos, pues saber el qué no implica en absoluto conocer el por qué o el para qué.

Hay, en fin, tres caminos definidos frente a esta ola gigante que hace tiempo que está mojándonos los pies: aceptar el statu quo y permitir el trust monopolístico de la recopilación y comercialización de datos en manos de Facebook y Google; adoptar posturas disruptivas de autogestión y autoexplotación de los propios datos, o introducir cambios en su gestión e interpretación, redirigiendo nuestros esfuerzos hacia iniciativas formuladas en positivo y protegidas por verdaderos controles públicos que permitan matizar o enriquecer la siempre fría y reductora perspectiva del retorno de la inversión.

 

Rubén Sáez Carrasco

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